viernes, 15 de septiembre de 2006

Centavos de a peso

Ya era hora que un editor planteara una posición firme frente a los indiscriminados recortes de personal que ha vivido la industria editorial los últimos años.
El editor de Los Angeles Times, Dean P. Baquet, ha hecho pública su disputa con el corporativo de Tribune Co., con sede en Chicago, sobre las crecientes exigencias de recortes presupuestarios a través de despidos y liquidaciones (lea el artículo del NYTimes). Lo más interesante del asunto es que el editor manifestó su postura ante los recortes en un reportaje en su propio diario (lea el artículo del LATimes). El reportaje, publicado el jueves 14 de septiembre, refleja el sentimiento de veinte líderes comunitarios de Los Angeles, quienes cuestionan la decisión de Chicago, la cual, dicen, podría mermar la calidad periodística del diario.
"I am not averse to making cuts", dice Baquet. "But you can go too far, and I don't plan to do that. I just have a difference of opinion with the owners of Tribune about what the size of the staff should be. To make substantial reductions would significantly damage the quality of the paper."
Los Angeles Times tiene, según el artículo del NYT, 940 empleados. El Dallas Morning News, dice el mismo reportaje, se quedará con 450 empleados tras una próxima reducción de 111 (Belo Corp, la matriz del diario, ha realizado varias rondas de recortes los últimos años).
El estándar de la industria llama a tener un reportero o editor por cada 1,000 ejemplares de circulación. Entonces, un diario con 2 millones de ejemplares en la calle, como el USA Today, debería tener 2,000 empleados. Fácil. Pero, como siempre y como todo en la industria editorial, es una cifra sumamente engañosa. En México, donde ningún diario siquiera alcanza el medio millón de ejemplares, los principales diarios tienen redacciones hacinadas donde los reporteros trabajan codo con codo. Mientras que exitosas revistas de más de 100,000 ejemplares – mensuales y semanales – trabajan con equipos de menos de 10 personas, hay diarios con circulaciones ínfimas – menos de 20,000 – que tienen 250 empleados. En México, como en otros países de América Latina, la cifra que importa no es la de el número de ejemplares en la calle, sino del nivel de influencia de la publicación en ciertos sectores – políticos y empresariales. Debido a la evidente falta de estudios de mercado y la irresponsable inversión publicitaria – a través de agencias de publicidad o por partida del gobierno – los periódicos mexicanos han podido sobrevivir cobrando estratosféricas pautas comerciales a cambio de una presencia nimia en la calle y una influencia sobrevalorada en los sectores de toma de decisión.
¿Qué tiene esto que ver con el tamaño de las redacciones? La pregunta es, más bien, que tanto se puede medir la calidad – o influencia – de un diario por el tamaño de su equipo editorial. Al fondo de este debate está en el combustible de toda industria rentable: el dinero.
Y en un medio de comunicación, cuando se habla de dinero se despierta el añejo e histórico debate entre los intereses económicos de la empresa periodística y la misión social del medio.
Y, como indica el conflicto al interior de Los Angeles Times, es una disputa en donde el medidor básico, si bien abstracto, es la calidad del producto. ¿Más reporteros significan mayor calidad? No necesariamente, por supuesto.
No sucede en México y Latinoamérica. Y tampoco en todos los periódicos de EEUU.
Pero es claro que, editorialmente, se pueden hacer más o menos cosas según los recursos con los que se cuente, como en cualquier otra industria. El ejército de reporteros con los que cuenta The Wall Street Journal – sumandos a los miles de periodistas de Dow Jones – se refleja plenamente en cada una de sus ediciones y, sobre todo, en sus constantes exclusivas y en el liderazgo e influencia en la industria que cubre. ¿Qué analista de Wall Street se atrevería a llegar al trabajo sin haberlo leído?
¿Qué se puede hacer con más reporteros en una redacción? Lo primero es que se gana tiempo, un recurso sumamente valioso en el vertiginoso mundo editorial: tiempo para no estar persiguiendo la noticia ni permitir que el poder – gobierno y empresas-- marque el ritmo de la información. Se gana tiempo para dedicar más a una investigación y recursos humanos para entrar con mayor fuerza a un tema y para elegir mejor los temas relevantes e importantes para la audiencia. Se gana espacio de maniobra y especialización, ya que un mismo periodista no tendrá que cubrir temas tan disímiles como deportes y educación. Se gana tiempo para capacitar al personal. Espacio para pensar, planear y desarrollar ideas. Incluso, se gana la oportunidad de errar y corregir en privado, evitando publicar textos a medio cocinar. En una redacción grande, con buenos editores, se multiplica la oportunidad de analizar cada texto, varias veces, con el ojo crítico de un lector especializado y exigente. Así, al final, el que gana es el lector.
Pero, en todas las discusiones que he leído sobre recortes de personal en redacciones, rara vez he oído hablar del lector. Al final, ¿no es el lector el cliente último? Sí, pero como es un cliente casi siempre anónimo y sin rostro – sobre todo en América Latina – es fácil de manipular sus deseos y exigencias. Es fácil porque, simplemente, no se le incluye en la discusión y cuando se hace es a través de focus groups o estudios de mercados mal ejecutados e implementados y, por ende, con resultados mediocres y fáciles de ajustar a los deseos y anhelos de la empresa.
El periodismo en los países capitalistas es un negocio. Hay que dejar de pelear con ello. Se puede considerar poner anuncios en la primera plana (como el WSJ y el LAT recientemente decidieron hacerlo) o vender los llamados publirreportajes en todas las secciones mientras estén apropiadamente señalados.
Pero lo que no se puede es engañar a los equipos editoriales, a los anunciantes y a los lectores tratando de hacerles creer que es lo mismo hacer un periódico con un peso que con diez centavos. Es aritmética pura.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Dime quién es tu lector y te diré quién es su editor....

Luis De Uriarte dijo...

¿Cantidad = Calidad? Para nada. Es más, hay redacciones que han demostrado que con menos se puede hacer más. Creo que es más bien un asunto de eficiencia de recursos y en eso no creo que haya muchas fórmulas generales. Cada periodico es un mundo. Pero creo que en el fondo la aspiración de todo editor debería ser realizar el mejor trabajo posible con la cantidad exacta de recursos humanos y tecnológicos, ni con más ni con menos. Y eso sólo se logra haciendo análisis de la operación y ajustes periódicos, como llevar tu coche a revisión y afinación cada X cantidad de kilómetros.
Recomiendo la lectura del artículo "Who Killed the Newspaper" publicado por The Economist el 26 de septiembre pasado. Ahí se plantea cómo los diarios de papel están perdiendo dinero y si esto puede mermer la capacidad del "cuarto poder" para mantener redacciones capaces de hacer ese periodismo de calidad que denuncia y hasta tira gobiernos y políticos corruptos.
Felicidades por este blog que suena a que puede llegar a ser un excelente espacio de reflexión e intercambio de ideas.
También celebro que se haya incluido una liga a ese excelente y divertido blog culinario llamado Diario de un Aprendiz de Sibarita. Ok, el cebollazo es porque lo escribo yo.

Gabriel Sama dijo...

Excelente reportaje el The Economist. Me robo tres párrafos:

Nobody should relish the demise of once-great titles. But the decline
of newspapers will not be as harmful to society as some fear.
Democracy, remember, has already survived the huge television-led
decline in circulation since the 1950s. It has survived as readers have
shunned papers and papers have shunned what was in stuffier times
thought of as serious news. And it will surely survive the decline to
come.

That is partly because a few titles that invest in the kind of
investigative stories which often benefit society the most are in a
good position to survive, as long as their owners do a competent job of
adjusting to changing circumstances. Publications like the NEW YORK
TIMES and the WALL STREET JOURNAL should be able to put up the price of
their journalism to compensate for advertising revenues lost to the
internet--especially as they cater to a more global readership. As with
many industries, it is those in the middle--neither highbrow, nor
entertainingly populist--that are likeliest to fall by the wayside.

The usefulness of the press goes much wider than investigating abuses
or even spreading general news; it lies in holding governments to
account--trying them in the court of public opinion.